Teresa del Conde: Naturaleza herida: González Serrano

Written By Unknown on Rabu, 21 Agustus 2013 | 15.16

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a exposición de este pintor se centra ahora en sus naturalezas muertas, que conforman uno de los rubros más prolíficos de su actividad. Contra lo que se pudiera creer hay varias piezas en la muestra que podrían considerarse claves en su producción, que hasta ahora conocemos mejor a través de sus numerosos retratos, de tres de sus autorretratos mayormente connotados y de los temas paisajísticos en el acervo de la Fundación Blaisten. Cualquiera puede darse una idea de éstos acudiendo al Museo Virtual, o solicitando una cita para observarlos en los originales, antes expuestos en el Centro Cultural Tlaltelolco.

Es la variedad de diferentes técnicas lo que sorprende primero en la producción de este maestro. Aunque yo conocía en original varias piezas, fue una sorpresa ver tantas juntas, varias inénditas, en diferentes dimensiones y medios, museografiadas en el Museo Mural Diego Rivera.

Abre con un espléndida pintura titulada La ventana, 1952, composición dividida de abajo a arriba en cuatro secciones escalonadas, cosa que despierta el recuerdo de otras naturalezas muertas enjundiosas de épocas pasadas. Esta es modenista en cuanto a temática, los objetos mayormente discernibles, no por su extravagancia, sino por su conspicua presencia son unos matraces junto a los cuales se advierten pequeñas esferas a modo de canicas, aunque pueden tomarse simbólicamente como ojos de vidrio anexas a un foco opaco, una hoja de la supuesta ventana, que no es realmente tal, se abre hacia un meticuloso paisaje urbano que da hacia la terraza elevada de una mansión, que pudiera, o no, ser reminiscenia de Lagos de Moreno, Jalisco, sitio donde nació el pintor en 1917. En el peldaño inferior correspondiendo en parte a la iconografía de los llamados bodegones, hay un plato con frutas en el que se encuentra una tajada de sandía, tan distinta a las san-días de Tamayo que puede considerarse ejemplo paradigmático de oposición, pues esta sandía, algo maltrecha y ya medio mordida es simbólica, como los son otros elementos propios de ésta y de otras composiciones suyas.

Cerca de esta memorable pieza hay otra que ostenta elementos parecidos, pero para nada idénticos que se titula El parto, el contenido es otra vez una ventana, pero el vidrio está estrellado, hay un guaje con evidente carácter bisexual y otra vez una sandía, más grande que la anterior y ya pasada junto a otras pequeñas frutas aparentemente sanas. Las connotaciones eróticas en las frutas, los melocotones por ejemplo, son demasiado obvias como para comentarlas, no tanto así las agresivas peladuras de las pitayas que aparecen también en otras frutas y que hacen pensar más en desollamiento que en sus obvias connotaciones sexualoides.

Además de poner atención en la manera en que los elementos se relacionan o se contraponen, lo que provoca sorpresa es la cantidad de técnicas abordadas por el pintor, probablemente de acuerdo con las posibilidades que en un momento dado encontraba para obtener materiales y soportes. Hay muchas obras sobre papel, perfectamene cuidadas y enmarcadas con una enjundia, a veces, excesiva.

En el frutero de 1948-50 puede advertirse cierta influencia de Dalí, pero más que influencia lo que puede decirse del total de lo exhibido y de toda la producción de Manuel González Serrano, es que tomó de manera absolutamente propositiva el surrealismo ortodoxo como vena o sendero a seguir y que lo tomó con la conciencia que requería el manejo de sus medios, valiéndose de técnicas propias de los old masters para acentuar el aspecto de extrañeza que es a la vez detectable y familiar debido a la forma en que está rendido.

Aunque hay varios óleos, temples y técnicas mixtas, un buen contingente de la muestra está integrado por obras sobre papel y hay que prestarles la atención debida; tanto por el uso con lápiz graso, a veces tinta y gouache, como por los contenidos; entre éstas hay una pieza vertical de mínimas dimensiones que apela por la soltura con la que está efectuada, sin desdecir por ello su perfección: una hojita sencillísima en la que realizó un dibujo en sepia que se encuentra en el ámbito de la muestra denominado de los florilegios. Éstos, aunque floridos, y en algunas ocasiones un poco kitsch, como el de la cornucopia de la República Mexicana y otros, distan de ser tranquilos, están tan vulnerados y algunos acaso más que las obras expuestas en el nivel principal mismo del mural de Diego Rivera. Como ejemplo está el bodegón con jícamas, libro y copa rota, que califica entre las más extrañas piezas de todo el conjunto: se diría que el autor está personificado en ella como si se tratara de un autorretrato sin personaje.

Este encomiable proyecto, que además cuenta con bastantes visitantes, debido a que el surrealismo parece ser predilecto de vastos estratos de nuestra población, fue concretado con la complicidad del actual director del recinto, Luis Rius Caso por la sobrina del artista: Maria Helena González de Noval, quien se ha convertido en la principal estudiosa de la obra de González Serrano.


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